Muriendo por la dulce patria mía: apuntes de lectura

Este es, más o menos, el texto que leí para la presentación de Muriendo por la dulce patria mía, la novela de Roberto Castillo Sandoval que acaban de publicar los Libros del Laurel.

Cuando Muriendo por la dulce patria mía se publicó por primera vez en 1998 fue objeto de una serie de malentendidos: algunas personas no entendieron que la novela era una novela, es decir, que ofrecía versiones ficticias, imaginadas, del fulgurante paso de Arturo Godoy desde Iquique a los rings estadounidenses, su fama continental, su final apacible. La leyeron como un documento que pretendía ser cierto y como una afrenta personal. De esa experiencia, que parece intoxicantemente literaria y también bastante dolorosa, de la complicidad culpable de alguna prensa y de la terrible impotencia con que su autor la vivió se podrán enterar en el imprescindible epílogo de esta versión, una crónica verdadera que Roberto llamó, con su fino oído para las paradojas verbales “¡Esa ficción miente!”, que es el reproche que uno de los guardianes de la verdad le hizo en su momento.

Recuerdo este episodio para justificar lo que quiero hacer de aquí en adelante. Me parece que al momento de su primera edición Muriendo por la dulce patria mía fue recibida como cualquier cosa menos una novela: un documento histórico, una especie de homenaje al deporte nacional, una grave ofensa personal. Es una pena, porque se trata de uno de los libros más perdidamente enamorados de la literatura que haya leído. Como una reparación diferida, entonces, quisiera comentarles solo tres cositas, como diría el chileno, tres datos que pueden servir para leer este libro como lo que es: una de las mejores novelas que se ha publicado en los últimos veinte años en Chile.

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La reencarnación

  1. Los múltiples niveles: la torta de milhojas, la puntada sin hilo.

Una de las primeras cosas que me conquistaron de Muriendo… es una cualidad de su escritura que solo se me ocurre describir comparándola con una torta de mil hojas o pensando en esa gente escurrida de la que decimos que no da puntada sin hilo. Cada palabra, esa es mi impresión, es el fruto verbal de una maceración larga y lenta, parte de un caldo que lleva muchas décadas en cocción y en el que hay muchos niveles diferentes. Déjenme ponerles un ejemplo mínimo, el modo en que se cuenta el inicio de la Segunda Guerra Mundial: “Mil novecientos cuarenta. En Europa, la tarasca de otra guerra se había abierto de nuevo con las invasiones alemanas” (75). Como al catador de vinos, en esta frase me llegan aromas de la disciplina histórica, claro, aroma a biblioteca, a libro de texto, y también de esos corros de conversación entre hombres, en donde se arregla el mundo y a veces puede asomar la “tarasca” más bien para pedirle a alguien que la cierre y, por supuesto, como esta boca se abre y en realidad traga vidas humanas y no se cierra, más bien tengo en la cabeza al Bosco, ahora, esas imágenes alocadas en donde, por ejemplo, el pez grande se come al pez chico.

Ustedes van a pensar que exagero, que le pongo color, que con cualquier libro se podría hacer esta especie de asociación libre. Déjenme discutirles con un poco con una lista improvisada y muy mínima de los registros que, además de los que ya les dije, encuentro en la novela:

  • La memoria de un estudiante quizá eterno, un poco exiliado, que mira el fin de la dictadura chilena desde los Estados Unidos.
  • El modo en que habla mi abuelo, de actuales noventa y nueve años, a quien le pregunté por el boxeo y me respondió: “no me gusta. Mucha herejía, mucha herejía”.
  • Muchos, muchos giros, palabras y expresiones del mundo popular, captados con nostalgia y con afecto.
  • El lenguaje de los textos coloniales sobre Chile, en especial del Cautiverio feliz, La Araucana y El Arauco Domado que trasunta hasta el título.
  • La poesía y la presencia física de Jorge Teillier.
  • La escritura en el cielo de Nueva York, de Raúl Zurita, recogida después en Anteparaíso, que el narrador llamado Ismael o R. Castillo, miran en el Central Park sin saber reconocerla.
  • El periodismo deportivo de anteayer y el de antaño, ese en el que Arturo Godoy conversa con el Sapo Livingstone, pero también las narraciones detalladas que se hacían en los diarios estadounidenses de las peleas de box (este último dato se lo escuché ayer a Roberto en una entrevista de la radio).
  • Los escritos y las figuras públicas de gente como Ernest Hemingway y Julio Cortázar.
  • Hay también un montón de citas indirectas, entre las que reconozco a Manuel Rojas (un cruce a pie por la cordillera), T. S. Eliot (“abril es el mes más cruel, ese verso que todos citan pero que pocos leen”) y no reconozco aunque supongo a Saul Bellow.
  • Veo, por penúltimo, unas buenas bromas hechas a la teoría literaria.
  • Y por todos lados, como voy a comentar en seguida, la presencia enorme de Moby Dick.

Aunque pueda parecerlo, esto no es un despliegue de pedantería y no querría sugerir jamás, de ninguna manera, que la mejor lectura de la novela consista en reconocer los ingredientes de los que está hecha su prosa. Solo me gusta subrayar la complejidad de la máquina, la espesura del caldo, la idea de que cada una de las palabras fue escogida con cuidado, con su qué. Puntada con hilo. Nadie sería tan leso como para comerse una torta de mil hojas capa por capa, pero a veces es entretenido reconocer el manjar, la crema pastelera, qué se yo, la mermelada en el trozo que nos llevamos a la boca.

  1. Los riesgos de hablar del box

Hablemos un poco de box.

Hace un tiempo, más de un año atrás, confieso que por tuiter, le pregunté a Roberto si tenía Moby Dick en la cabeza cuando escribía Muriendo por la dulce patría mía. “No en la cabeza”, me respondió, “la tenía en el velador”.

El dato es sabrosísimo. Como saben los que se han subido al Pequod, la mitad del placer que nos proporciona Moby Dick estriba en dejarse introducir larga y lentamente en el oficio ballenero, en ir adquiriendo poco a poco (y en ir olvidándolo también) el vocabulario de esa práctica ya desaparecida: bauprés, verga de mesana, gallardete, grímpola, casillas y cornamusas. Es algo muy parecido a lo que ocurre con otro clásico pero esta vez local, Sub terra. No podemos dejar de leer a Baldomero Lillo sin enterarnos de la diferencia que hay entre tosca y carbón, grisú y viento negro, entre un chiflón y un pique.

Ese fue el espíritu con el que leí, con el que se puede leer, la inmersión que la novela nos ofrece en el mundo del boxeo. Una práctica, una zona de nuestros haceres que se ha ido desplazando cada vez más a los márgenes, tal como casi han desaparecido la pesca ballenera y la minería del carbón (no por completo, eso sí: de vez en cuando nos enteramos de su persistencia, lamentablemente, por sus desgracias). Hay aquí un ejercicio amoroso en el que el narrador redescubre, restaura y recupera un vocabulario muy específico, de manera que el mundo que vivía en él vuelve a tener una oportunidad sobre la tierra: uppercut, clinch, amarre, jab, gancho izquierdo, gancho derecho.

Hay otro parecido fundamental entre el box y la pesca ballenera. Una de las gracias de la novela de Melville es que ocurre no en Nantucket, la isla desde donde partían los barcos balleneros, sino en el mundo, en los inmensos océanos del mundo que, para el caso, pertenecen a Estados Unidos. Algo parecido pasa con Chile y el box: Arturo Godoy no solo puso a Chile en los ojos del mundo, como suele decirse; también puso los ojos de Chile en el mundo. Nos enseñó a mirar hacia fuera. Esta es la transmisión radial, en vivo y en la plaza Montt-Varas de Santiago, de su segunda pelea con Joe Louis. Chile al ritmo del mundo:

En medio de la nube de distorsión y ruido, se oía en realidad una pelea ficticia, pero eso no aminoró el entusiasmo de los miles de patriotas que hervían de emoción con el sonsonete del locutor cubano-neoyorquino y con los rugidos radiostáticos de esa otra multitud allá en el Madison Square Garden, que les llegaban desde diez mil kilómetros de distancia, viajando por la atmósfera todavía virgen del planeta, desde el invierno norteamericano a la tibia noche austral. A medida que iban pasando los rounds, de a poco prendía la esperanza. Miles de chispazos de luz se encendían entre la multitud que consumía cigarrillo tras cigarrillo. ¡Va ganando por puntos! ¡Casi cae el negro! ¡Ya, Godoy! Unos jóvenes trataban de reproducir la pelea con su propia versión mímica, basados en lo poco que se oía por los parlantes chirrientos. Después de cada round, la gente aplaudía, se palmoteaba las espaldas, se abrazaba y miraba hacia los altavoces, como si de ese alto oráculo fuera a llegar de un momento a otro la confirmación de todas las esperanzas (147).

Arturo Godoy, claro, pero sobre todo Gabriel Meredith, su cronista, ese chileno norteamericano en el que se adivina la figura del autor, son cifras de un patiperreo a veces voluntario, a veces obligado por el trabajo o por la violencia del estado. Cifras, formas con que la novela habla sobre el presente a su manera, como si fuera el pasado.

  1. Un idioma literario, el idioma que no habla nadie

Mi tercera cosita es, otra vez, sobre las palabras. Ese idioma chileno que se habla en la novela, un chileno que todos podríamos reconocer. Déjenme copiar un pasaje más o menos largo. Ocurre en la ciudad de Boston. Recién se han conocido los resultados del plebiscito de 1988:

Cuando parecía que la fiesta se acercaba a su apogeo, viendo que «había ambiente», como dijo su joven y digna esposa, un núbil y ambicioso economista de apellido vinoso, pinochetista para entonces ya converso a la causa democrática, tocó su copa con un tenedor. Se apagaron las conversaciones, pararon las risas. El dueño de casa se encogió de hombros, como diciendo «yo nada tengo que ver con esto». Con gracia y elocuencia, el joven economista camaleón lanzó un discurso bastante encendido en que brindaba por «el triunfo de la verdad y la justicia», alababa a Engel por «haber ido a Chile a enfrentar las balas de la tiranía» y exageraciones por el estilo. Cuando terminó su alocución, se hizo un breve pero incómodo silencio, interrumpido por el carraspeo de un músico —antiguo discípulo de los Quilapayún, por entonces dedicado al jazz— que hizo el amago de poner en su lugar al audaz oportunista. Pero, con característica modestia y haciendo gala de mucho tacto, Engel se adelantó para responder. Agradeció los elogios y levantó su copa de champaña por todos los chilenos, especialmente —recalcó— por aquellos que se habían jugado la vida mucho antes del plebiscito y que no estaban en esta tierra para festejar el triunfo. Brillaron las sonrisas, cundió el alivio, se oyó un sobrio «¡Viva Chile!» y chocaron con fuerza y emoción las copas de cristal. Pero la velada no volvió a ser la misma.

–Hasta cuándo vamos a seguir con las mismas divisiones de siempre, oye… –me susurró muy enojada la estupenda esposa del exderechista.

–Con usted, mijita, me reconcilio altiro si quiere –le dije, con la del gracioso.

Me dejó con la botella de champaña en la mano, por lacho y por roto (23-4).

Mi oreja encuentra aquí tres formas del español de Chile que reconocería de noche y con los ojos vendados. Una formal y neutra, la del narrador, la de Engel; otra de entonación levemente acuicada (¡Hasta cuándo vamos a seguir con las mismas divisiones de siempre, oye!) y un castellano que es del barrio y del mundo popular, pero no del barrio y el mundo popular de hoy sino los del pasado, ese pasado de lachos y rotos que se andan con la del gracioso.

En este último idioma reconozco la voz que quiere hablar en Muriendo por la dulce patria mía. Un idioma que ya no se habla en Chile, un idioma construido en el destierro, el idioma artificial de la distancia que está hecho, por un lado, con palabras y expresiones recordadas y atesoradas con amor, y por otro con palabras y giros guardados con resentimiento. La escena que les acabo de copiar, leída hace veinte años, desafinaba bastante en una sociedad que ansiaba con toda el alma el consenso: no éramos capaces de escuchar quién era el que decía “hasta cuándo con la división”. Me imagino a un Roberto Castillo de visita en Chile, como hoy, viendo al rey desnudo por todas partes y sin que nadie le hiciera caso.

Ese idioma, el idioma del destierro, es el que nos trae Roberto en la novela. Hace veinte años no lo escuchamos o no lo quisimos escuchar. Estoy seguro de que el horno, esta vez, sí está para bollos.

 

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